El Malestar de la Cultura. Parte I

El Malestar de la Cultura. Parte I 

El título de este artículo no tiene nada que ver con el ensayo de Sigmund Freud “El Malestar de la Cultura” de las primeras décadas del siglo pasado, ni pretende abordar temas psicológicos. Mis cavilaciones se originaron por la contraposición de estos dos (2) términos, a saber: “Malestar” y “Cultura”. 

Si la cultura es todo lo que somos, en palabras de Georg Simmel “la cultivación de los individuos a través de la injerencia de formas externas que han sido objetificadas en el transcurso de la historia”. Refiriéndome aquí a la cultura en sentido amplio y no como la refinación del ser humano en las bellas artes o en la academia -alta cultura-. Entonces, ¿cómo es posible que la cultura nos pueda causar malestar? ¿cómo lo que somos -cultura- sea capaz de causarnos daño?

Pero precisamente, la denuncia que desde hace doscientos años formulan filósofos y pensadores se circunscribe a la mala vida que nos confiere nuestra forma de pensar en el marco de la Cultura Occidental. 

Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, Sartre, Camus y en Venezuela Emeterio Gómez (ver en Youtube https://www.youtube.com/watch?v=SQzSzuy7zk0), no cesaron en denunciar el vacío, el vértigo y la náusea que invade la existencia de los seres humanos, porque precisamente la “cosificación” de los elementos materiales de la existencia a que propende nuestra cultura ha desplazado paulatinamente los elementos espirituales que conforman nuestra naturaleza, llegando al punto de arrinconar y cercenar parte de esa naturaleza, lo que convierte a la existencia en un desierto inexorable e insuperable -los tres estadios para que el hombre se supere a sí mismo de Nietzsche el camello, el león y el niño-.

La primera evidencia de ese malestar de la cultura se nos ofrece con la fe ciega que depositamos en la ciencia como único camino para resolver nuestros problemas existenciales, esta característica de amos de la naturaleza que adoptamos a partir de la obra de Isaac Newton, nos imbuye en la Modernidad y asumimos que ese control de los elementos materiales y externos de la realidad basados en los principios mecánicos y la ley de la gravedad, podía análogamente extenderse al espíritu humano, es decir, a las condiciones espirituales de la existencia, garrafal error que hemos pagado de una manera muy cara, porque hemos mutilado parte de lo que somos, de los que es inherente a nuestra condición humana.

Hoy en pleno Siglo XXI nacemos imbuidos en una convicción asimilada prácticamente en nuestro ADN, y no es otra, que la ciencia representada por la medicina y la tecnología, es capaz de resolver todos nuestros problemas, pero principalmente: extender la duración de la vida en términos cuantitativos, esto es, vivir más tiempo, sin importar que esa prolongación de la existencia se de en condiciones miserables -me refiero a la miseria desde el punto de vista espiritual y no material-. En cuanto a la tecnología nos permite la comunicación casi instantánea y globalizada, además de colocar en nuestras manos millones de bytes de información para engordar nuestro conocimiento instrumental.

El escritor André Malraux dicen que sostuvo en un viaje a Argentina una frase que jamás escribió: “El Siglo XXI será espiritual o no será”. Aunque no es raro que algunos filósofos y escritores hayan logrado predecir casi cinematográficamente el destino de la humanidad, no sé si debamos ser tan pesimistas para aceptar este ultimátum que nos dio Malraux, pero me atrevo a extrapolar esa idea a la vida individual, para sostener en cambio, que: “La vida es espiritual o deja de ser vida”. Porque los elementos sublimes capaces de transformar nuestra realidad -las capacidad de imaginación y de creación- son inherentes a la naturaleza humana -potencia espiritual-, pero los mismos han sido extirpados por el proceso cultural que dio inicio hace más de dos mil años en Grecia con Sócrates y Platón, hasta la revolución industrial apalancada en la bata blanca de la ciencia. 

Tenemos un llamado apremiante, casi urgente, de acudir al rescate de nuestra naturaleza, a la recuperación de estas capacidades extirpadas de forma sistemática por la evolución del pensamiento racional, nos referimos a las potencias sublimadoras de la realidad, la imaginación y la creación, sólo ellas pueden recuperar el perfume de existir a toda cabalidad. 

Esto se ha extendido y como dicen en televisión to be continued        
@piedraconaletas