¿Por qué salimos con las tablas en la cabeza en el diálogo con el gobierno?

Pasemos a revisar las características que informan a cada una de las partes en este proceso de dialogo que se desarrolla entre el gobierno y la oposición, que coloca al “demócrata” en una posición de desventaja con respecto al “revolucionario”, y vamos a explicar el por qué. El revolucionario influenciado por la doctrina de Marx y Lenin, siente que está inmerso en una lucha de clases, la cual supone que la clase opresora -oligarca y capitalista- le expolia a una clase oprimida, trabajadora y pobre, algo que le pertenece por el esfuerzo del sudor de su frente, como lo es la denominada “plusvalía”. De allí que todos los revolucionarios del mundo deben reunirse en una suerte de liga internacional para luchar contra el capitalismo representado por las potencias imperialistas, principalmente los Estados Unidos. Como resulta fácil advertir, el revolucionario vive de la confrontación, la pugna y la descalificación mediante la propaganda contra el adversario. El revolucionario hace partido, pero no pueda hacer nunca nación, su hábitat natural es la guerrilla y el acceso al poder es simplemente la continuación de esa batalla internacional desde las instituciones en detrimento de su propio país. El revolucionario sospecha que la propiedad privada determina la lucha de clases y el proletariado abrazará una armonía perdurable, una vez que elimine este flagelo. El demócrata entiende que en una sociedad existen posturas políticas divergentes, que esas oposiciones entre los distintos sectores suponen la mediación y la negociación como factor determinante; el proceso de catalización democrático se apoya en el vehículo del voto. El demócrata lleva inscrita en el alma la convicción de que cualquier arreglo que evite la violencia, es mucho mejor que un triunfo parcial y transitorio de la totalidad de sus aspiraciones; que imponga al adversario una postura que no siente. Asimismo, el demócrata entiende a la propiedad privada como un derecho humano, capaz de erigirse en bastión de progreso y mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos. El demócrata asimila la insatisfacción que conlleva dialogar con otro, porque sabe de antemano que no existe un futuro promisorio y perfecto al final del camino, más allá del que la sociedad como conjunto puede llegar a construir de manera imperfecta. Pero cualquier plan alcanzado a través de la mediación, es mejor que llegar a una guerra civil, por el intento de imponer mi visión -la del partido, la de mi ideología- al resto de la sociedad. Lo anterior requiere de una postura de amplitud y tolerancia, en la cual se anticipa que todo intento de imposición a la sociedad de un modelo no hace más que atisbar una conflictividad social que desembocará irremediablemente en violencia y en pérdidas irreparables, tanto económicas como humanas. Entonces, ante este escenario, el demócrata adopta la posición de aceptar victorias parciales en sus posturas políticas y deja insatisfechas parte de sus aspiraciones, pero gana al cerrar el camino a la violencia. Mientras al revolucionario lo anima la confrontación para ir en pos de la construcción de un paraíso terrenal, al demócrata lo anima la conciliación en un acuerdo insatisfactorio para todos producto de la mediación -punto de equilibrio en la negociación-, pero que garantice la paz. Mientras, el revolucionario cree -ingenua y equivocadamente- que derrotará a la institución de la propiedad privada en una suerte de “guerra santa internacional”, el demócrata reconoce que vive en un mundo imperfecto, que solo a través del esfuerzo de una comunidad de ciudadanos insatisfechos por no alcanzar el 100% de sus objetivos políticos, puede construir el mejor mundo posible. Por esto salimos con las tablas en la cabeza en la negociación, el demócrata lleva inscrito en su ADN la posibilidad de ceder y mediar para arribar a posturas intermedias que garanticen la paz social. El revolucionario va a dialogar bajo la premisa de “túmbame la pajita del hombro”, para imponer su visión política y darle continuidad a la confrontación guerrillera moderna, cuyas armas son las instituciones una vez alcanzado el poder. Al revolucionario no le importa el desenlace fatal de su ambición ideológica. @piedraconaletas