El Tiempo de Dios No Es Perfecto.

El tiempo de Dios no es perfecto, porque Dios está fuera del tiempo.
Era una tarde de aquellas, en la que ese doble sentimiento hacia Caracas te desborda el pecho -ese cóctel ambivalente de amor y odio-, trancados en una cola de tránsito por Las Mercedes, Emeterio Gómez y yo, comenzábamos a sacar frases populares muy manoseadas y llegaría incluso a decir que desgastadas, para después comenzar a destruirlas a la luz de la filosofía existencialista y posmoderna, algunas de esas frases trilladas: “La felicidad es una decisión, no un sentimiento”; “la voz del pueblo es la voz de Dios”; “No hay nada que inventar, ya todo está inventado” y una muy popular por haber sido utilizada por un candidato presidencial en Venezuela y sobre la que centraré mis comentarios: “El Tiempo de Dios es Perfecto”.
Si reflexionamos el marco en que se lanza generalmente la frase, nos percatamos que es utilizada cuando se obtienen cosas después de sufrir por ellas; cuando abrazamos una meta luego de un espera interminable; cuando recibimos una recompensa que ya dábamos por perdida, y más allá de agradecer al Todopoderoso, pareciera que ese beneficio o premio es perfecto porque nos fue conferido, hemos sido tocados por una suerte de varita mágica, y le decimos a Dios que él es perfecto porque nos ha premiado -que presumidos podemos llegar a ser los seres humanos-.
Evidentemente, la frase está cargada de cierta soberbia y egocentrismo, parece a primera vista, radicalmente egoísta y no conecta en lo absoluto con el verdadero sentido de una profesión de una fe auténtica.  El Libro de Job en la Biblia, pertenece a los llamados Libros Sapienciales del Viejo Testamento. Job era un hombre bueno, justo y rico, pero Satanás retó a Dios y le dijo que Job tenía fe porque había sido bendecido con hijos, camellos y buena sa- lud, en definitiva Satanás opinaba que la fe de Job era interesada, y que debía ser puesta a prueba, en el infortunio.  Dios permitió que Satanás sometiera a prueba la fe de Job, sin que éste le pudiese arrebatar la vida, esta fue la condición que le puso Dios a Satanás.
Job sin explicación alguna cayó en la desgracia y todos sus hijos murieron, cuando se derrumbó una pared de su casa sobre ellos, perdió su fortuna representada en sus camellos e, incluso, fue víctima de una terrible enfermedad que le atacó la piel. A pesar de todas sus desventuras, Job permaneció siempre fiel a su fe en Dios, y aceptó el dolor y el sufrimiento que la providencia había destinado para él, sin jamás perder su creencia, ni cuestionar la voluntad de Dios.  Si Job con cada pérdida o desgracia padecida hubiese pensado que Dios está inscrito en el tiempo, seguramente su fe no hubiese sido tan sólida, para plantearlo en otras palabras, la fe de Job fue inquebrantable porque escapó al factor tiempo, de esta manera cuando perdió a sus hijos perseveró en su fe, al igual que cuando perdió a sus camellos o su salud, el transcurso del tiempo no logró alterar la fe absoluta de Job en Dios. La fe de Job era total -con cada fibra de su cuerpo- en cada instante y el tiempo no es más que una suma de instantes, si en algún instante la fe de Job se pierde, entonces se pierde por un lapso, así este lapso sea de cinco (5) segundos.  Lo que verdaderamente nos cuesta mucho creer es que Dios está fuera de la ciencia, es decir, no podemos probar su existencia ni su inexistencia, y realmente esto es lo de menos, ya no resulta relevante ni para nuestra vida, ni para nuestra fe. 
Dios está fuera de la causa y del efecto, Dios está fuera del cálculo racional. Pero ¿qué significa realmente en nuestra vida practica que Dios esté fuera de la causa y el efecto?, lo vamos a ilustrar con un ejemplo accesible y con el que muchas personas se pueden sentir identificadas: cuando usted educa y le lleva un plato de comida a su hijo, usted lo hace sin pensar que su hijo debe pagarle por esa educación y cuidado, es decir, usted profesa un amor incondicional por su hijo que le lleva a asumir sacrificios y entrega, sin esperar nada a cambio, sin ninguna retribución. Usted no lo hace bajo un cálculo racional, para que su hijo cuide de usted cuando usted esté anciano y le retribuya con un plato de comida y cuidados, tal como los que les brindó usted durante su crianza y educación -dar interesadamente para recibir-, por el contrario, usted lo hace con desprendimiento absoluto derivado del amor pleno por su hijo.  De la misma manera procede la fe, usted no puede ser misericordioso para ganar un palmo de cielo después de la vida, usted es misericordioso si le nace honestamente de su corazón. Concluimos, el acto de bien, así como el acto de fe y el acto de amor, deben dimanar de manera auténtica del corazón, sin esperar una contraprestación, la cual, eventualmente pueda recibirse por efecto del transcurso del tiempo, pero sin que ella sea su meta principal.  Si la fe de Job está sometida a un premio ulterior, deja de ser fe y se convierte en un proyecto de utilidad racional, en la que el tiempo interviene como un factor determinante. De manera pues, que si usted remueve el premio futuro, inmediatamente la fe desaparece, porque el beneficio ofrecido sirve de motivación al sacrificio, al esfumarse el premio se desvanece igualmente el esfuerzo que se pretendía invertir.  El ser humano tiene la facultad de entregarse irremisiblemente a la fe y al sentimiento, de allí que por este mismo principio, existe la posibilidad rara y excepcional, pero cierta, de la existencia de un amor eterno, que no es otro, que aquel amor que supera la barrera del tiempo, porque cuando se ama y cuando se tiene fe en algo o por alguien, logramos superar el factor tiempo. 
Por lo tanto toda fe y todo amor auténticos están fuera del tiempo. En consecuencia, si lo anterior es cierto -la potencia espiritual del ser humano para entregarse a la fe y al amor-, el tiempo de Dios jamás es perfecto, porque Dios como creencia profunda en una verdad que asimilamos incuestionable, está inexorablemente fuera del tiempo.  El abrazo de una fe de manera irrefutable, se hace con la participación de todas las fibras del organismo, cuando esto se logra no se piensa en el tiempo, y el tiempo transcurre sin que pensemos en él, el tiempo no incide en nuestro espíritu. Vivimos en un mundo cargado de ritos intrascendentes, como persignarnos cada vez que despega un avión, para demostrar que tememos perder nuestra vida -instinto de conservación- un ademán nada nos cuesta para preservarla pero, ¡que gesto tan egoísta y simplista! Igualmente, anteponemos a cada frase que representa un anhelo para nuestro proyecto o bienestar el recurrente: “si Dios quiere”, como una sumisión a la providencia y que él, el Santísimo no obstruya ni entorpezca nuestros planes. Estas frases no son más que necedades nacidas del egoísmo más banal y rastrero, para preocuparnos exclusivamente de que nuestros deseos se cumplan y se transformen en una realidad inminente.  Existen otras que me parecen sublimes y cargadas de ternura y un sentimiento hermoso, ellas son: “Dios me lo bendiga”, ningún mejor deseo puede expresar una madre o un padre a su descendencia, y qué decir de: “Que Dios te acompañe”, estas frases expresan una verdadera preocupación de un ser humano por otro, es el deseo que esta persona encuentre su vocación existencial para que se entregue de manera trascendente a algo que lo determine, para que marque un destino en su vida, esto es ser bendecido por Dios; o bien para que sea receptor del obrar de una persona que haya encontrado una vocación existencial para que la comparta con nuestro amigo o familiar, esa es la recepción de una bendición o la compañía de Dios en nuestras vidas, a través de la acción de otro ser humano.  Lamento decepcionarlos, pero a Dios no se le puede invocar para que nos anuncie el número de la lotería, ni para que sane a un familiar enfermo. 
Dios como la manifestación de la potencia espiritual de que es capaz el ser humano, no está para librarnos del miedo de existir, porque Dios es una posibilidad de abrazar nuestra potencia espiritual en medio del caos y de la adversidad, o esa misma posibilidad de recibir esa potencia espiritual de otro ser humano. Dios no es un paliativo ni un remedio a nuestra angustia, a nuestro dolor ni a nuestro sufrimiento. Sólo cuando reunimos nuestra potencia espiritual para verdaderamente creer en algo, sólo entonces y por vía de consecuencia, la angustia, el dolor y el sufrimiento disminuyen, pero no a causa de Dios, sino a causa de una ferviente fe que invade nuestro espíritu, fe que puede manifestarse por Dios, como le sucedió a Job, pero que no excluye otros destinos espirituales del ser humano, como el arte, el bien común y el amor.

@piedraconaletas