¿Quién te ve?

Cuando pensamos en la unión de dos seres que se aman, asumimos que el sentimiento amoroso es una situación que compete a dos almas que se encuentran en este breve tránsito que llamamos existencia y deciden acompañarse, cada una de ellas con un montón de defectos e inconsistencias, y también con alguna que otra virtud o mérito. Pensamos ingenuamente que poco o nada importa el efecto de la sociedad en esta combustión química que llamamos amor, y que “la mirada del otro”, opera como un elemento subordinado al sentimiento de los protagonistas principales de la película.

Mi perspectiva cambió luego de leer las cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir, descritas por Milan Kundera en su novela “La Insoportable Levedad del Ser”, que paso a transcribir para luego matizar: “Todos necesitamos que alguien nos mire. Sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir.

La primera categoría anhela la mirada infinita de una cantidad de ojos anónimos, o dicho de otro modo la mirada del público. (…) La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos conocidos. Éstos son los incansables organizadores de cócteles y cenas. (…) Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la persona amada (…) Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los soñadores”.    

Indudablemente todos somos sensibles a alguna mirada, bien sea que se trate de un público anónimo: como les sucede a cantantes y políticos; bien se trate de ojos conocidos, como es el caso de esos anfitriones profesionales que saben cómo agasajar y hacer sentir bien a huéspedes e invitados; como a quien sólo le interesa la vista del ser amado; y por último, para terminar con las categorías suministradas por el escritor, casi como un animal raro y en peligro de extinción, tenemos al soñador, que vive bajo la mirada imaginaria de personas ausentes.

¿Hasta qué punto puede llegar a determinarnos esa mirada exterior y ajena? ¿Cómo puede afectar esa gradería a nuestro vínculo amoroso?

Estos cuestionamientos me conducen a hacer un inciso de Gabriel Marcel en su “Homo Viator”, y la angustia o preocupación que nos causa cómo nos ven los demás, llámese sociedad, amigos o familiares, así describe el ensayista este sentimiento de sentirnos auscultados: “…Pero ¿qué es en definitiva esta angustia o esta herida? Hay que responder que es, ante todo, la experiencia descuartizante de una contradicción entre el todo al que aspiro a poseer, a anexionarme, o incluso, por absurdo que sea, a monopolizar, y la conciencia oscura de esta nada, de esta nulidad que soy después de todo; pues, otra vez, no puedo afirmar nada de mí mismo que sea auténticamente yo mismo; nada que sea permanente, nada que esté fuera del alcance de la crítica y de la duración. De ahí esa necesidad loca de confirmación por lo exterior, por el otro, esa paradoja en virtud de la cual es del otro y sólo de él de donde a fin de cuentas el yo más centrado sobre sí mismo espera su investidura.”     

Me subyugó esa frase de Marcel en este extracto, cuando se refiere a la necesidad que tenemos que alguien allá, afuera, en lo exterior, confirme nuestra valía y él magistralmente lo denomina como una “necesidad loca de confirmación por lo exterior”.

Evidentemente, el ser humano sólo razonando, calculando, buscando medios para alcanzar fines predeterminados no puede darle valor a nada, tiene que convertirse ineludiblemente en un “nihilista”, porque nada sobrevive a las tijeras de la crítica y a la implacabilidad de la duración, en otras palabras, a la conciencia de la propia finitud.

Aquí me desmarco para contrariar a Marcel. Sí existe algo innato en el ser humano que supera al pensamiento lógico (crítica) y que también supera a la certeza de que vamos a morir. Y es nuestra capacidad de ensueño, de imaginación, aplicada a la realidad circundante por más contradictoria o difícil que se nos pueda presentar, y la combinación de estos factores, realidad más ensoñación, es un trabajo espiritual permanente al que estamos llamados, para rescatar lo que nos convierte en seres humanos.

Realidad como hechos dados, inalterables y contradictorios, para después inyectarles –a esos hechos dados- nuestra potencia imaginativa, accionada en la realidad como entusiasmo.

Un entusiasmo que parte desde nuestro ser -desde lo interior-, esta combinación nos arroja al campo de una acción práctica, que no es otra, que la creatividad, entendida como la aplicación de nuestra potencia espiritual al entorno, por difícil que éste último sea.

Regresando al catalogo del novelista checo Kundera, sus cuatro categorías pueden representar los rasgos que diferenciamos en algunos “tipos” de personas. Sin embargo, mi reflexión pretende ir un poco más allá, ¿cómo se relacionan el que busca la mirada de un público anónimo con quien sólo le importa la mirada del ser amado? ó ¿cómo se juntan un ser soñador que anhela la mirada del ausente, con un fanático de cuanta reunión o evento social tiene apuntado en su agenda?       

Existe un elemento preocupante en la distinción arrojada por Kundera, allá en la década de los años ochenta del siglo pasado, y no es otro que, el vaticinio de la pérdida gradual y progresiva de la capacidad de ensoñación en los seres humanos por el progreso de la ciencia y de la técnica, lo que ataca directamente la sostenibilidad del sentimiento amoroso, porque para amar es imprescindible imaginar, y para imaginar es imprescindible tener una vocación creativa.

La pervivencia del elemento amoroso entre dos personas pasa inobjetablemente por su capacidad de combinación en la realidad material dada (fáctica), con una capacidad de ensueño depositada en el fondo de su ser, esa capacidad la conocemos vulgarmente como creatividad, cuando la pierdes estás muerto en la tarea de sostener vivo el amor.  

El poeta mejicano Octavio Paz decía: “El mundo nace cuando dos se besan”.

Un mundo nace cuando dos se besan, pero la creación de ese mundo particular pasa inexorablemente por el despliegue de las potencias espirituales, de lo contrario, la vida es sólo repetición, una nula, gris y aburrida repetición.

@piedraconaletas