112... ¿Y Ahora, Qué?

En toda ideología política, en especial en el Socialismo, se persigue un control absoluto de la sociedad, a través de la participación de todos los ciudadanos en una gran agenda de acción social. Detrás de ideales nobles como la libertad y la igualdad, se esconde una voluntad insaciable de ejercer el poder de forma omnipotente. De allí que los socialistas vean con buenos ojos la figura de la reelección indefinida a los cargos de elección popular; se aplique la censura a medios de comunicación que disienten del gobierno; se persiga y encarcele a opositores políticos, por medio de juicios enrevesados y reñidos con los principios elementales del debido proceso, como lo son: el derecho a la defensa y a aportar pruebas.
La tolerancia democrática es un valor cacareado por propios y extraños, pero ¿es la tolerancia como valor político compatible con la revolución socialista? 
La sociedad Occidental a partir de René Descartes hasta nuestros días, se dio a la tarea de controlar a la naturaleza a través de la técnica, representada de manera emblemática por la ciencia: hoy tenemos la anestesia, la nave espacial y la bomba atómica.
Todos, sin excepción, nos hemos vuelto algo socarrones y pensamos con ingenuidad que la extensión del poder puede desplegarse de manera ilimitada, algunos incluso con osadía han pensado, que ese poder para controlar a los demás puede emplearse más allá de la muerte.
Uno de los retos existenciales más difíciles de poner en práctica es la tolerancia, porque la tolerancia va a contracorriente con la época en que vivimos. Transitamos una época de autosuficiencia que dimana, como ya lo dijimos de la posibilidad que tiene el ser humano de controlar a la naturaleza, donde los principios espirituales han sido socavados por la capacidad de compra y donde el semejante se mira como un contendiente a ultranza –supervivencia del más apto- al que hay que vencer y dominar, cueste lo que nos cueste.
En este marco, la igualdad proclamada por el marxismo, no es más que una ideología del resentimiento, que prefiere la destrucción de los medios de producción antes que la aceptación de las condiciones de un mercado que ineluctablemente se le imponen. Lo que dio origen en nuestro país a la escasez y al bachaqueo eludiendo las formas institucionales de supervisión y control –SUNDDE-. Contradictoriamente esta actividad la ejercen las personas con menos recursos económicos, a quiénes la revolución debía asistir.
A pesar del reconocimiento que ha hecho el PSUV del resultado adverso y aplastante de la oposición en las elecciones parlamentarias en Venezuela, tal aceptación de la derrota resultaba casi obligatoria, por dos (2) circunstancias estructurales: a) La autoestima del Socialismo Bolivariano de Hugo Chávez tiene como pilar fundamental la cantidad de elecciones populares ganadas y lo repiten hasta el cansancio, y b) todas las naciones del continente y sus líderes tenían no una lupa puesta en Venezuela, sino un microscopio de alta potencia, para denunciar cualquier anomalía en el proceso comicial.
A partir de la instalación de la nueva Asamblea Nacional lo que sigue no será fácil, porque detrás de esa “Tolerancia de Pantalla” desplegada por el PSUV y sus funcionarios en el poder, no existe una auténtica “Tolerancia”, entendida como valor noble de aceptación de la subjetividad del otro. Si cada quien es un mundo, construido a partir de elementos objetivos de la realidad –hechos y circunstancias-, y elementos subjetivos –emociones e imaginación unida a la representación de los hechos-, en el que la existencia de “mí” mundo presupone, inevitablemente, la existencia de “tú” mundo, la tolerancia parte de una potencia espiritual para hacer un mundo y permitir a los demás que construyan en suyo. La ideología política, cualquiera que ella sea, trata al ciudadano como un ser que no sabe cómo conducirse, y ellos –los líderes políticos- les imponen qué desear, quién es el enemigo y hasta qué debe adorar.
Por lo tanto, el tan vociferado amor del socialista, se acaba con aquellos que amenazan su continuidad en el ejercicio del poder, por el principio democrático de alternancia política, y se transforma en un odio endémico porque los opositores representan el recordatorio al político de que no es omnipotente para el ejercicio del poder –hacer lo que le de la gana-, sino más bien impotente, en democracia debe alternarse el ejercicio del poder.
No esperemos que el desalojo del poder de los dirigentes socialistas sea un proceso que se lleve a cabo sin sobresaltos, a diferencia de lo sucedido con el reconocimiento del resultado electoral, en un tablero donde las cartas están echadas y sólo es cuestión de tiempo. Porque no existe una verdadera tolerancia en el socialista, solo una tolerancia de pantalla, superficial y ficticia. En el fondo subyace un odio, el odio de no aceptarse impotente ante las condiciones que le plantea la existencia, la aceptación que su tiempo en el poder ha terminado.     

@piedraconaletas